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martes, 22 de diciembre de 2015

Presentación de Poetas Profanos

El viernes 18 de diciembre se presentó en Metting House la antología Poetas Profanos, del Grupo Literario El barco ebrio. Condujo el acto, el abogado y periodista Maximiliano Ariel Lequi que, luego de una breve introducción, pasó a dialogar con cada uno de los autores, quienes leyeron algunos de los textos de su autoría que integran la obra.








Cerca de cincuenta personas asistieron al evento, conversando con los escritores durante el vino de honor. La presentación fue auspiciada por Radio Zónica.



Algunas imágenes de la velada, tomadas por nuestro fotógrafo exclusivo: Lawrence Wheeler. 
    























jueves, 17 de diciembre de 2015

Marilú Sánchez Martínez

Noche lluviosa



Acordamos encontrarnos a las nueve de la noche y ya pasaron diez minutos. Yo llegué puntual a esta esquina, aunque ya antes de salir de casa sospechaba  que él se retrasaría. Después dice que soy impaciente pero lo hace una y otra vez. Reconozco que tiene imaginación, siempre usa una excusa distinta. Ahora llueve más fuerte ¡qué fastidio! Por suerte dejé las plantas en el balcón, hace dos o tres días que no las riego. Es un descuido de mi parte, pero yo le digo que no me regale plantas. No importa, siempre aparece con una. No me extrañaría que llegara ahora con alguna ramita rara clavada en la tierra y rodeada de piedras de colores, como las que tiene mi vecina, Matilde, en esa caja de vidrio. Dice que está relacionado con la energía del ambiente o algo parecido. No me interesan esas cosas. Lo que sí me importa es que ya pasaron quince minutos y no llega. Nunca tuve paciencia, para mí esperar es como tener una piedra en el zapato. No de las piedritas de colores de Matilde sino una bien dura, afilada, que se me clava en la planta del pie. Para colmo, se me ocurrió ponerme estos zapatos con taco; los uso en ocasiones especiales, como ésta. Pero sin lluvia. Tendría que haberme puesto las botas. Y pantalón y campera. Hasta el peinado se me está desarmando. Me gusta arreglarme para estos momentos, aunque nadie me vea. No podemos ir a un lugar público. Por eso no salimos mucho. Y por eso hoy es una ocasión especial. ¿Será también por eso que llueve? No importa el clima. Lo importante es que esta noche salimos. ¿Y si fuéramos a algún lugar con mucha gente? ¿Qué pasaría si encontrara algún conocido? Me presentaría… No, miraría al piso, como ese pibe que está cruzando la calle. ¡Pobre criatura! Con esta lluvia, arrastra el carrito de cartones mojados, con la espalda doblada como un viejo. Así van a quedar mis zapatos, como esos cartones empapados por la lluvia. Pero esta vez no lo perdono ¡media hora con esta tormenta es una desconsideración! Es demasiado, hasta para mí. Porque yo seré impaciente, es cierto, pero soy aguantadora. Como Matilde. Y como su caja de vidrio con piedritas de colores. Ambas aguantaron muchas caídas. Y yo voy a aguantar bajo la lluvia hasta que llegue para decirle todo lo que pienso.

¿Y esas burbujas? ¡Lo que faltaba! Se tapó la alcantarilla. En la ciudad hay muchos lugares lindos para encontrarnos pero justo eligió una esquina con los sumideros obstruidos por la basura. Espero que no se inunde la calle. No quiero que, cuando llegue, me vea ahogada. O puede suceder algo peor: que la corriente me arrastre y me lleve por la ciudad hasta el mar. Sería de muy mal gusto que al llegar no me encuentre.




Marilú Sánchez Martínez nació en la Ciudad de Buenos Aires en 1961.
Contadora Pública egresada de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires, realizó postgrados en control y gestión de políticas públicas y en auditoría (en UBA, FLACSO, UCA).
Participó en la ciudad de Buenos Aires, con dibujos y pinturas, en distintas muestras colectivas entre los años 2005 y 2011.
Publicó SILENCIOS (poemas, 2007), IMÁGENES Y PALABRAS (relatos ilustrados, 2008) y LA NIÑA INVISIBLE (narrativa breve, 2010).



domingo, 13 de diciembre de 2015

Luis Formaiano

La montaña rusa 




  Mi primer recuerdo de la montaña rusa se hunde en el amnésico lago de mi infancia. Tendría yo unos siete años, tal vez, cuando con un grupo de amigos del barrio visitamos el parque de diversiones. Recuerdo, por esa época, haber visto un viaje en montaña rusa en el desaparecido Cinerama de la calle Maipú. Luego de esa experiencia, juré que nunca subiría a una.
  Sin embargo, no podía quedar como un cobarde frente a mis amigos, así que, haciendo gala de una gallardía que no poseía, subí con ellos en el que sería un terrorífico viaje.
  Lo terrorífico no era tanto la montaña rusa sino el clima del parque de diversiones en sí, sensación que tuve muchos años después, ya adulto, al visitar el Prater en Viena. Detrás de las luces multicolores y el bullicio de la gente se escondía un reino fantasmal, el que gobierna las pesadillas de la infancia.
  Recuerdo haber rebautizado al parque de diversiones como parque de aversiones, un lugar para sufrir. ¿O qué gracia desconocida podrían tener el tren fantasma o las sillas voladoras? El primero me llenaba de ansiedad y las segundas me mareaban espantosamente.
  Pero la montaña rusa era el colmo. Todavía recuerdo el esfuerzo que hacía la cadena de cochecitos en el tramo ascendente, las ruedas chirriaban, parecía que nunca iba a llegar a la cima, la gente estaba expectante, preparando los gritos para la caída. Antes de ésta, la formación se detenía por unos segundos y entonces, se desplomaba a toda velocidad en medio de más chirridos y los contenidos gritos. Claro, los gritos de los otros. Si bien mi corazón subía hasta mi garganta, de mi boca no salía sonido. Hacía tiempo que había perdido mi propia voz o la capacidad de gritar.
  La montaña rusa suponía atravesar un sinfín de sensaciones, abandonarse a los sentidos, para, en un momento determinado, dejar escapar un grito liberador. Ese mecanismo, en mí, estaba tan oxidado como muchas de las piezas de la montaña rusa. Desde cierta tarde, no mucho antes de ese día, en que me quedé solo en casa.
  Aunque en realidad no estaba solo, atravesando el patio estaba nuestro vecino, Juan, al que le decían “el ruso.” Su esposa y sus hijos habían salido por lo que ambos estábamos en situación de solitaria siesta de verano.
  El agobiante calor me llevaba a vestir solo mis anatómicos blancos y es en ellos que respondí a su llamado.

  No sé si hubo una excusa, solo recuerdo el contacto de mis pies descalzos con las baldosas calientes del patio. Me quedé un momento parado frente a la entrada a su dormitorio, la cortina de esterilla levantada hasta la mitad. Detrás, estaba “el ruso” esperándome, podía ver sus musculosas piernas peludas y detrás, la oscuridad.
  Levantó levemente la cortina para dejarme entrar. Balbuceó algo y se recostó, un imponente cuerpo de hombre, solo vestido con un impecable anatómico blanco, sobre una blanca sábana llena de sinuosidades. ¿O era su cuerpo el que era sinuoso? Su piel era oscura, cubierta de un copioso vello.
  Me invitó a recostarme a su lado, para que nos diera el aire del ventilador de pie. Esos ventiladores antiguos eran potentes y emitían un ruido parecido a la turbina de un avión.
  Cuando subí a la cama sentí sus dos manos sobre mis brazos, ayudándome a acomodarme contra su cuerpo, de espaldas a él.
Con su brazo izquierdo, aseguró mi cuerpo contra el suyo, pude sentir su piel, transpirada y su respiración ¿agitada? en mi oído derecho.
  Afuera, el sol abrasaba y la tarde estaba callada. Sólo se oía su respiración.
  La penumbra se había hecho más densa y su brazo derecho comenzó a acariciar mi cuerpo. 


  Pude sentir su descomunal fuerza, cuando su pierna derecha se apoyó sobre las mías, y comenzó a frotarse contra ellas. Era un hombre grande y yo, un niño. Pero un niño que por primera vez estaba experimentado un vértigo solo parecido al de la caída libre de los cochecitos de la montaña rusa.
  Cuando su mano se posó sobre mi entrepierna sentí que mi cuerpo ya no me pertenecía. Su dedo índice comenzó a dibujar círculos imaginarios sobre la tela de mi calzoncillo, estimulando los genitales que dormían bajo ella. Ya se había roto la siesta. El ventilador había dejado de girar y se había clavado sobre nuestros cuerpos, “el ruso” cada vez me apretaba con más fuerza y respiraba más pesadamente. Sólo recuerdo sensaciones: torbellinos, remolinos, vendavales y tormentas. Su fuerte olor a transpiración y la humedad de sus labios, su lengua en mi oreja y mi corazón a punto de estallar. Y un grito ahogado, había perdido la voz, me había perdido para siempre.


Luis Formaiano nació en Buenos Aires en julio de 1956. Vivió cuatro años en Inglaterra (1979-1983) donde adquirió un marcado interés por los pintores Pre-Rafaelitas, Simbolistas y Expresionistas, y por la obra de escritores como Thomas Hardy e Iris Murdoch. De regreso al país, se graduó como Psicólogo en la Universidad de Buenos Aires (1988) y desde esa fecha se dedica a la actividad clínica desde una perspectiva Junguiana. Sus recorridos como artista plástico lo llevaron a aunar Psicología y Arte en su formación de posgrado como Arteterapeuta (IUNA).


sábado, 12 de diciembre de 2015

Marisel Pissaco






         Puentes, pasos
         Pasos, puentes
         Vida y muerte


         Prisa en la ciudad
         Un coche fúnebre
         Pasa la muerte


         Espera paciente
         Siente miedo y calor
         El final no ocurrirá


        No quería llorar
        Pero el dolor podía más
        Depositó la flor junto a él


        Esa mujer de largas trenzas
       Vende frutos y verduras a diario
      ¿Qué sueños tendrá esa mujer?

        La vi desde el tren
        Fugaz en el andén
        Se pintaba los labios

        


        El trágico tren de las nueve
        Pasó menos cinco
        Salvó su vida


        Entre las juntas del cemento
        Una flor
        La fuerza de la vida


        Vieja, arrugada, cansada
        Pasea sus perros
        Viejos, arrugados, cansados.


         Suben de prisa, terror
         Ahora corren, gritos
         Si no llegan, silencio


         Repentina y fugaz
         La hora del poema
         Se ha ido




Marisel Pissaco nació en Chivilcoy, en 1970. Allí estudió Magisterio especializado en Educación Primaria. Luego se trasladó a la ciudad de La Plata donde realizó la carrera de Fonoaudiología. Trabajó, en esa ciudad y en Capital, en diferentes instituciones especializadas en educación y rehabilitación de niños con capacidades diferentes. En 1995 se radicó en CABA donde constituyó su familia e inició la carrera de Lic. en Psicología, en la UBA, donde halló su gran vocación. Actualmente se dedica a la Psicología clínica de niños, adolescentes y adultos, además de la coordinación de su equipo de Salud Mental. Y está realizando el posgrado en Arte-terapia que brinda la Asociación Argentina de Arte-terapia.

viernes, 11 de diciembre de 2015

Prólogo a la antología Poetas Profanos

Un prólogo

y algo de historia





  Dos antologías anteriores –la precisión quizá indique tres– anteceden a Poetas profanos, libro que reúne poemas y ficciones narrativas de cuatro integrantes del grupo el barco ebrio.
  En el año 1990 editamos Antología de la nueva poesía argentina. Esa incursión inicial convocó a veinte poetas que –salvo alguna excepción– tenían en ese entonces poca difusión; en contraste, sus obras no eran de menor valor si las comparamos a escritores que sabían de otra popularidad. La mención de algunos de ellos da la dimensión del corpus poético: Oscar Conde, Roberto Alifano, P. B. Rey, Omar Ramos y B. Rivadavia. Pero ese volumen, a diferencia de los que vieron la luz en la década pasada, no reunía autores que provenían de recitales poéticos, sino que eran escritores que habían coincidido en la revista de poesía que representaba al grupo: “El barco ebrio”. La vida de esta revista fue efímera –sólo tres números y una separata, además de otros gestos artísticos y algunos libros personales– pero sirvió como hecho o piedra fundacional para lo que vino después. Luego de este volumen y una intención frustrada en 1993 por relanzar la revista –un número cuatro que llegó a pasos de la imprenta–, hasta el año 2003 no hubo novedades de importancia.

  La primera década del siglo XXI fue una década de efervescencia –en parte como reacción al desastre socio-económico que se había instalado en nuestro país. Surgieron grupos artísticos de variada índole, desde teatrales a musicales, exposiciones de plásticos donde fuese posible colgar un cuadro o ubicar una escultura. Lo mismo sucedió con el cine experimental o de autor. Consecuencias de esa década aún se perciben, por ejemplo, en la profusa actividad teatral que no cesa, convirtiendo a Buenos Aires en una de las capitales internacionales del teatro independiente. Y en ese contexto, el barco ebrio se hizo otra vez a la mar; porque siento que nuestro barco es un barco de aguas saladas, más allá que tengamos siempre en nuestro horizonte a este gigante silencioso, que Mallea bautizara como el río inmóvil.

  El barco ebrio comenzó nuevas travesías con un ciclo de poesía en el bar La Farsa. Los primeros domingos de cada mes, por casi dos años, nos reunimos con poetas que fueron integrando el grupo, así como otros escritores invitados y, en ocasiones, itinerantes. No faltó el jazz y el teatro dentro del ciclo. Algunas veces, desde afuera de La Farsa, hubo quienes debieron conformarse con ese sitio para ver el espectáculo. Adentro no había mesa ni silla que alcanzara. Allí festejamos el primer año de este renacimiento con una antología que testimoniaba lo que había sido ciclo: Poetas tras el arca. Allí aparecieron poemas de: Patricia Calabrese, Francisco Tricio, José Luis Marini, Alberto Karmona, Verónica Ruscio y quien escribe estas páginas. Durante el 2004 continuó el ciclo –quizá el año de mayor éxito por convocatoria y la aparición constante de nuevos integrantes– y ya para fines de ese año nos trasladamos al bar y museo fotográfico Simik.  Desde el barrio de Villa Urquiza nos mudamos al de Chacarita. Allí se presentó Poetas en La Farsa, con la participación de: Malisa Delfino Sánchez, Andrés Boiero, Oscar de Gyldenfeldt, Martín Sánchez, Héctor Urruspuru y el desaparecido, amigo profundo, Eduardo Blues Villalba. La noche de fines de 2004, mientras brindábamos y cada uno dedicaba ejemplares al otro, lejos estábamos de saber que en pocos meses un largo impasse iba adueñarse de la escena. 

  Cuando en febrero del año 2005 el barco ebrio dejó de reunirse en el bar Simik, intentamos que otros sitios albergaran nuestro ciclo mensual de recitales poéticos, pero jamás dimos con un bar, pub o sitio que nos entusiasmara para reanudar las reuniones. Tiempo después, ya habíamos dejado la intención de seguir y, lentamente, pero sin pausa, el grupo matriz de esa década se fue disolviendo.

  Una tarde de verano, en el 2014, dimos fortuitamente con un bar cercano al Parque Centenario, sobre la calle Acoyte al novecientos. Entramos al Bar Profano e intuimos que ése era el ámbito donde el barco ebrio sería capaz de nuevas travesías, suscitar el interés de nuevos tripulantes, visitar nuevos puertos. Fuimos generosamente acogidos y dimos comienzo a una nueva etapa en nuestra historia.


  Esta antología es la más extensa que hasta ahora hemos producido. Desde Poetas tras el arca se decidió que fueran no más de seis poetas los que integraban cada compendio; en este caso, el número se redujo a cuatro. La intención es que cada participante tenga el suficiente espacio para exponer su obra. No uno o dos poemas sueltos, uno o dos textos breves en prosa, sino un muestrario en el que pueda –por más que no sea un volumen personal– dejar una muestra cabal de su arte. Y en consonancia con el nombre del bar que nos recibió el año anterior, bautizamos este corpus literario, donde por primera vez se incluyen textos en prosa a la par de poemas, Poetas profanos. ¡Y qué otra cosa puede ser la poesía sino una actividad esencialmente profana! ¡Qué otra cosa somos los artistas, los poetas, arrojados a esta existencia, sino seres profanos! ¡Qué es un poeta, sino un ser profano husmeando en lo sagrado de la vida!


  Poetas profanos son las ficciones y poemas que han sido leídos y conversados durante estos años del renacimiento, la voz de cada autor es fiel a su búsqueda, no sólo artística sino existencial. No hay impostura en ellos, prima la necesidad por la expresión y, en diálogo con esa expresión, el auto-conocimiento constante.
  En Marisel Pissaco hallamos un entramado de cuentos breves, haikus y otros textos que, inicialmente, percibimos como islas dispersas en el mar. Esta presentación original genera un contrapunto en el interior de la colección. La lectura toma en nosotros una cadencia, un ritmo, que es al tiempo que una música escénica, un continente que vamos descubriendo.
  Luis Formaiano en su escritura da cuerpo a un erotismo que, en ocasiones, se nos exhibe feroz. Su sinceridad desnuda a los personajes, más allá de los actos de los que son protagonistas. Estén donde estén, hagan lo que hagan, la mirada consciente, a la vez que trágica, es la presencia más poderosa de las historias. Los textos son la excusa de nuestro otro relato.

  Marilú Sánchez Martínez crea un universo donde los seres viven su dolor y soledad sin clemencia. Las voces son provocaciones de solitarios, no hay puente ni lazo hacia el otro. Las obsesiones no dan libertad. Los protagonistas están presos de su pasado en un presente que los asfixia. O lo terrible aparece aún en lo que pudo ser un mero juego de niños. Nosotros leemos sobre ellos, somos espectadores de esas existencias barridas de la esperanza, mientras sospechamos nuestras semejanzas, nuestra soledad y nuestro dolor. Pero corrijo lo dicho inicialmente, hay un instante en que se abre la posibilidad de la ternura, del juego, de un orden más allá de este fatum. La imaginación, la creación de estos seres que aparecen en las narraciones fantásticas de Sánchez Martínez, también hace lo suyo, ejerce su dominio sobre la realidad. Pensamos en el arte de la cocina donde gracias a algunas especias, más o menos calor, la combinación exacta de los ingredientes, el plato se vuelve exquisito.
  En mi caso Alvarez Castillo es el límite–, incluí el extenso canto Memorias de la Guerra Guasú, escrito en conmemoración de los 150 años del inicio de la mayor matanza sobre tierras latinoamericanas, que llegó hasta la derrota del Paraguay y el genocidio sobre su pueblo, perpetrado, en especial, por el Imperio del Brasil. Es una muestra distinta de mi obra poética. No guarda antecedente directo con colecciones o poemarios que he divulgado. Sin dudas, hay diversos momentos de escritura e intereses que coinciden en ella.

  Treinta años de historia de un grupo literario hoy entregan esta obra. No sospechábamos allá por 1985, cuando salía el primer número de la revista y los humildes libros de aquella editorial, que la aventura nos traería hasta estas costas, que iba desafiar tempestades e imponer su dominio loco, como es el dominio del arte en este mundo. Pero aquí estamos, y sin nostalgia retornamos a las antiguas palabras que dejamos escritas, para enero de 1986, en el breve editorial del segundo número de la revista: “Nuestro barco ha realizado un nuevo viaje.”


  Héctor Alvarez Castillo

  Sáenz Peña, noviembre de 2015


jueves, 10 de diciembre de 2015

Poetas Profanos

Presentación de la antología
del Grupo Literario
El barco ebrio





Viernes 18 de diciembre, a las 19:30 hs., en Av. Garay 702, San Telmo.

Luego de dos años de encuentros y recitales, el Grupo Literario "El barco ebrio", presenta la antología Poetas Profanos, que incluye ficciones y poemas de Marisel Pissaco, Marilú Sánchez Martínez, Luis Formaiano y Héctor Alvarez Castillo. 

Los escritores leerán algunos de los textos que integran la obra y dialogaran con los invitados, con la conducción del periodista Maxiliano Ariel Lequi.

El evento se realiza con el auspicio de Radio Zónica.


Al final del mismo, se realizará un brindis entre los presentes.
Entrada libre y gratuita.