viernes, 11 de diciembre de 2015

Prólogo a la antología Poetas Profanos

Un prólogo

y algo de historia





  Dos antologías anteriores –la precisión quizá indique tres– anteceden a Poetas profanos, libro que reúne poemas y ficciones narrativas de cuatro integrantes del grupo el barco ebrio.
  En el año 1990 editamos Antología de la nueva poesía argentina. Esa incursión inicial convocó a veinte poetas que –salvo alguna excepción– tenían en ese entonces poca difusión; en contraste, sus obras no eran de menor valor si las comparamos a escritores que sabían de otra popularidad. La mención de algunos de ellos da la dimensión del corpus poético: Oscar Conde, Roberto Alifano, P. B. Rey, Omar Ramos y B. Rivadavia. Pero ese volumen, a diferencia de los que vieron la luz en la década pasada, no reunía autores que provenían de recitales poéticos, sino que eran escritores que habían coincidido en la revista de poesía que representaba al grupo: “El barco ebrio”. La vida de esta revista fue efímera –sólo tres números y una separata, además de otros gestos artísticos y algunos libros personales– pero sirvió como hecho o piedra fundacional para lo que vino después. Luego de este volumen y una intención frustrada en 1993 por relanzar la revista –un número cuatro que llegó a pasos de la imprenta–, hasta el año 2003 no hubo novedades de importancia.

  La primera década del siglo XXI fue una década de efervescencia –en parte como reacción al desastre socio-económico que se había instalado en nuestro país. Surgieron grupos artísticos de variada índole, desde teatrales a musicales, exposiciones de plásticos donde fuese posible colgar un cuadro o ubicar una escultura. Lo mismo sucedió con el cine experimental o de autor. Consecuencias de esa década aún se perciben, por ejemplo, en la profusa actividad teatral que no cesa, convirtiendo a Buenos Aires en una de las capitales internacionales del teatro independiente. Y en ese contexto, el barco ebrio se hizo otra vez a la mar; porque siento que nuestro barco es un barco de aguas saladas, más allá que tengamos siempre en nuestro horizonte a este gigante silencioso, que Mallea bautizara como el río inmóvil.

  El barco ebrio comenzó nuevas travesías con un ciclo de poesía en el bar La Farsa. Los primeros domingos de cada mes, por casi dos años, nos reunimos con poetas que fueron integrando el grupo, así como otros escritores invitados y, en ocasiones, itinerantes. No faltó el jazz y el teatro dentro del ciclo. Algunas veces, desde afuera de La Farsa, hubo quienes debieron conformarse con ese sitio para ver el espectáculo. Adentro no había mesa ni silla que alcanzara. Allí festejamos el primer año de este renacimiento con una antología que testimoniaba lo que había sido ciclo: Poetas tras el arca. Allí aparecieron poemas de: Patricia Calabrese, Francisco Tricio, José Luis Marini, Alberto Karmona, Verónica Ruscio y quien escribe estas páginas. Durante el 2004 continuó el ciclo –quizá el año de mayor éxito por convocatoria y la aparición constante de nuevos integrantes– y ya para fines de ese año nos trasladamos al bar y museo fotográfico Simik.  Desde el barrio de Villa Urquiza nos mudamos al de Chacarita. Allí se presentó Poetas en La Farsa, con la participación de: Malisa Delfino Sánchez, Andrés Boiero, Oscar de Gyldenfeldt, Martín Sánchez, Héctor Urruspuru y el desaparecido, amigo profundo, Eduardo Blues Villalba. La noche de fines de 2004, mientras brindábamos y cada uno dedicaba ejemplares al otro, lejos estábamos de saber que en pocos meses un largo impasse iba adueñarse de la escena. 

  Cuando en febrero del año 2005 el barco ebrio dejó de reunirse en el bar Simik, intentamos que otros sitios albergaran nuestro ciclo mensual de recitales poéticos, pero jamás dimos con un bar, pub o sitio que nos entusiasmara para reanudar las reuniones. Tiempo después, ya habíamos dejado la intención de seguir y, lentamente, pero sin pausa, el grupo matriz de esa década se fue disolviendo.

  Una tarde de verano, en el 2014, dimos fortuitamente con un bar cercano al Parque Centenario, sobre la calle Acoyte al novecientos. Entramos al Bar Profano e intuimos que ése era el ámbito donde el barco ebrio sería capaz de nuevas travesías, suscitar el interés de nuevos tripulantes, visitar nuevos puertos. Fuimos generosamente acogidos y dimos comienzo a una nueva etapa en nuestra historia.


  Esta antología es la más extensa que hasta ahora hemos producido. Desde Poetas tras el arca se decidió que fueran no más de seis poetas los que integraban cada compendio; en este caso, el número se redujo a cuatro. La intención es que cada participante tenga el suficiente espacio para exponer su obra. No uno o dos poemas sueltos, uno o dos textos breves en prosa, sino un muestrario en el que pueda –por más que no sea un volumen personal– dejar una muestra cabal de su arte. Y en consonancia con el nombre del bar que nos recibió el año anterior, bautizamos este corpus literario, donde por primera vez se incluyen textos en prosa a la par de poemas, Poetas profanos. ¡Y qué otra cosa puede ser la poesía sino una actividad esencialmente profana! ¡Qué otra cosa somos los artistas, los poetas, arrojados a esta existencia, sino seres profanos! ¡Qué es un poeta, sino un ser profano husmeando en lo sagrado de la vida!


  Poetas profanos son las ficciones y poemas que han sido leídos y conversados durante estos años del renacimiento, la voz de cada autor es fiel a su búsqueda, no sólo artística sino existencial. No hay impostura en ellos, prima la necesidad por la expresión y, en diálogo con esa expresión, el auto-conocimiento constante.
  En Marisel Pissaco hallamos un entramado de cuentos breves, haikus y otros textos que, inicialmente, percibimos como islas dispersas en el mar. Esta presentación original genera un contrapunto en el interior de la colección. La lectura toma en nosotros una cadencia, un ritmo, que es al tiempo que una música escénica, un continente que vamos descubriendo.
  Luis Formaiano en su escritura da cuerpo a un erotismo que, en ocasiones, se nos exhibe feroz. Su sinceridad desnuda a los personajes, más allá de los actos de los que son protagonistas. Estén donde estén, hagan lo que hagan, la mirada consciente, a la vez que trágica, es la presencia más poderosa de las historias. Los textos son la excusa de nuestro otro relato.

  Marilú Sánchez Martínez crea un universo donde los seres viven su dolor y soledad sin clemencia. Las voces son provocaciones de solitarios, no hay puente ni lazo hacia el otro. Las obsesiones no dan libertad. Los protagonistas están presos de su pasado en un presente que los asfixia. O lo terrible aparece aún en lo que pudo ser un mero juego de niños. Nosotros leemos sobre ellos, somos espectadores de esas existencias barridas de la esperanza, mientras sospechamos nuestras semejanzas, nuestra soledad y nuestro dolor. Pero corrijo lo dicho inicialmente, hay un instante en que se abre la posibilidad de la ternura, del juego, de un orden más allá de este fatum. La imaginación, la creación de estos seres que aparecen en las narraciones fantásticas de Sánchez Martínez, también hace lo suyo, ejerce su dominio sobre la realidad. Pensamos en el arte de la cocina donde gracias a algunas especias, más o menos calor, la combinación exacta de los ingredientes, el plato se vuelve exquisito.
  En mi caso Alvarez Castillo es el límite–, incluí el extenso canto Memorias de la Guerra Guasú, escrito en conmemoración de los 150 años del inicio de la mayor matanza sobre tierras latinoamericanas, que llegó hasta la derrota del Paraguay y el genocidio sobre su pueblo, perpetrado, en especial, por el Imperio del Brasil. Es una muestra distinta de mi obra poética. No guarda antecedente directo con colecciones o poemarios que he divulgado. Sin dudas, hay diversos momentos de escritura e intereses que coinciden en ella.

  Treinta años de historia de un grupo literario hoy entregan esta obra. No sospechábamos allá por 1985, cuando salía el primer número de la revista y los humildes libros de aquella editorial, que la aventura nos traería hasta estas costas, que iba desafiar tempestades e imponer su dominio loco, como es el dominio del arte en este mundo. Pero aquí estamos, y sin nostalgia retornamos a las antiguas palabras que dejamos escritas, para enero de 1986, en el breve editorial del segundo número de la revista: “Nuestro barco ha realizado un nuevo viaje.”


  Héctor Alvarez Castillo

  Sáenz Peña, noviembre de 2015


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